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jueves, 12 de junio de 2008

VIEJO Y NUEVO PERIODISMO










El periodismo no ha cambiado. Ha cambiado todo lo que nos rodea a quienes escribimos: el móvil, el ordenador, las cámaras, los focos, todo lo que llevamos en los bolsillos, los cables, la velocidad, la instantaneidad, la inmediata comunicación del pulgar de la mente que hace que este blog, Mi Siglo, se lea dentro de un segundo en Asia o en América, que se reciba contestación, que se discuta en la pantalla, que se formen tertulias en el aire de la red, que la red supere al papel, que las herramientas y los utensilios sean diminutos, eficaces, que se hable y se escriba con la otra punta del mundo en un pestañear de ojos, que crucemos mensajes telefónicos, que nos miremos los unos a los otros en pantallas de espejos, todo lo que el futuro nos trae cada minuto pulverizando el presente, arrojándonos de bruces al mar de la comunicación. Pero el periodismo no ha cambiado. Tampoco la literatura. El periodismo - como la literatura - vive dentro de la pupila del gran observador (la literatura de observación, que decía Pla) (en el caso de la creación, la literatura de invención), y no hay sorpresa que nos abra el mundo sin esa observación de la pupila, sin esa atención perpetua, juvenil, una atención que no descansa, una inquietud hermanada con el constante asombro.


Todo lo que se ha modificado y seguirá modificándose casi hasta el infinito son las herramientas. El ojo periodístico dentro de la pupila de la atención se fija en los movimientos generales de unas elecciones americanas, por ejemplo, o en los síntomas enfermizos de una sociedad en decadencia. Es el ojo el que felizmente domina a las herramientas y si ese ojo es ciego o está cansado de mirar - creyendo que ya lo ha visto todo, que ya lo sabe todo -la herramienta será inservible.


He pensado una vez más en todo esto cuando he repasado el ojo y la mano de Azorín, del que hablé aquí hace pocos días. Se puede tomar el ejemplo de Azorín, el de Pla o el de cualquier otro ojo que haya cumplido bien su misión y el de cualquier mano que haya contado cuanto el ojo veía.


Azorín cuenta en su libro "Madrid" cómo Don José Ortega y Munilla, director de "El Imparcial", le llama a su casa para encargarle una serie de artículos o reportajes sobre la ruta de Don Quijote. "En su casa, mano a mano los dos- cuenta Azorín -, ha de darme las últimas instrucciones para el viaje. Con el mayor misterio me dice: "Bueno, ya lo sabe usted. Va usted primero, naturalmente, a Argamasilla de Alba. De Argamasilla creo yo que se debe usted alargar a las lagunas de Ruidera. Y como la cueva de Montesinos está cerca, baja usted a la cueva. ¿No se atreverá usted? No estará muy profunda. ¿Y dónde cree usted que ha de ir después? Y, ¿cómo va usted a hacer el viaje? No olvide los molinos de viento. Ni el Toboso. ¿Ha estado usted en el Toboso alguna vez? ¡Ah, antes que se me olvide!". Y diciendo esto - sigue Azorín -, don José Ortega Munilla abre un cajón, saca de él un revolver chiquito y lo pone en mis manos. Le miro atónito. No sé lo que decirle. "No le extrañe usted - me dice el maestro -. No sabemos lo que puede pasar. Va usted a viajar solo por campos y montañas. En todo viaje hay una legua de mal camino. Y ahí tiene usted ese chisme por lo que pueda tronar".


El ojo de Azorín viaja por la ruta de Don Quijote. La mano de Azorín escribe desde allí sus artículos a lápiz, que en aquel tiempo es su silenciosa herramienta. Tienen un éxito asombroso en "Los Lunes" de "El Imparcial". Walter Starkie cuenta cómo observó aquel ojo y cómo se movió aquella mano por tales tierrras: "Cuando llegó en el tren a Cinco Casas Azorín tomó un coche de caballos junto a otros viajeros, y durante los doce a trece kilómetros del trayecto a Argamasilla no dijo ni una sola palabra ni al cochero ni a los viajeros. (...) Al llegar a la fonda de la Xantipa, Azorín pidió una habitación sencilla que diera a la parte posterior, e insistió que no quería nada más que la cama, una silla, una mesa y dos velas. Durante la cena no despegó los labios e inmediatamente después se encerró en su habitación y empezó a escribir... Luego salió a dar una vuelta por el pueblo y le siguieron de lejos; vieron que se paraba delante de ciertas casas y las miraba detenidamente, anotando algo en un libro. Más tarde le vieron entrar de puntillas en un patio y mirar tímidamente, y al oir pasos correr hacia fuera. Con todo esto crecieron las sospechas, y uno de los huéspedes más osado penetró en su habitación para investigar y encontró muchos papeles rotos. Fue a consultar a los demás y vieron que estaban escritos en un idioma muy raro. Uno sabía francés, pero no era francés, ni alemán tampoco, y no lo pudieron comprender, porque Azorín, que era periodista, escribía en taquigrafía. (...) Todo esto duró hasta que empezaron a llegar los artículos que Azorín escribía para "El Imparcial", y entonces descubrieron el misterio, porque encontraron en los artículos una descripción detallada de sí mismos, lo que eran, lo que dijeron, cuántos coñacs habían tomado en los casinos, sus ideas, todo". ("El artículo literario y periodístico".-Eiunsa, 2007.-págs 48-50).
Hoy no sé qué le diría el director de turno al moderno Azorín.
No le daría un revolver porque el periodista ya sabe cuántos controles tiene que pasar en los aeropuertos. Tampoco la herramienta es hoy un lápiz ni se viaja en coche de caballos. Lo que no ha cambiado es el ojo - pupila de Azorín o de Pla - que debe observar y analizar catástrofes nucleares y catástrofes domésticas, los dramas de la emigración y de la ausencia de cultura, la desertización moral y el vacío de valores, ese gesto de la infancia abandonada o el sopor y bostezo de tantos políticos.
(Fotos: La ruta de Don Quijote; Cueva de Medrano .-Argamasilla de Alba.-clubbiored.org.-altoguadianamancha.org.)

miércoles, 4 de junio de 2008

ENTIERRO DE UN PEQUEÑO OJO AZUL






Acaba de reeditarse "Al margen de los clásicos" (Biblioteca Nueva), uno de los libros esenciales de Azorín, el gran ensayista, novelista y periodista del 98 que publicó en 1915 estas glosas a los grandes de las letras hispanas, en edición dedicada a Juan Ramón Jiménez. Hojeando nuevamente este excelente libro me veo entrar a las tres de la tarde de aquel 2 de marzo de 1967 en su casa madrileña de la calle Zorrilla 21, subiendo emocionado hasta el segundo izquierda, saludando a Julia Guinda Urzanqui, la viuda y compañera del escritor durante toda una vida, pasando al despacho donde reposaban los restos del autor de "La ruta de Don Quijote". Azorín había muerto aquella mañana y allí, en aquella habitación, vi su ojo azul al que acompañaría al día siguiente hasta la Sacramental de San Isidro. Allí dejaría ya escrito en mi mente el artículo que el día 4 publicaría en "El Acázar" bajo el título "Entierro de un pequeño ojo azul":



"Habían tapado sus manos con una sábana. Cuando entré, aquellas manos, que habían sido raíces y sarmientos, estaban transformadas en palabras, dos delgadas y dormidas palabras que alguien le había cruzado sobre el pecho. Le acababan de cubrir con un cristal. Acostado en la madera sencilla, su boca recogida en un pliegue muy breve, igual que si apresara el silencio. Estaba aquel despacho repleto de homenajes. Por la casa, todo a lo largo del antiguo pasillo y hasta el mismo pie de la escalera, incluso hasta los lindes del portal, venía un rumor de pasos lentos y de humildad devota que asomaba - una a una, cada cabeza en el umbral -, para dar el último adiós al maestro.



Quizá fue entonces, minutos antes de las cinco, momentos antes de que se lo llevaran, cuando ocurrió aquello. Me había acercado unos pasos a él. Allí, extendido, era ya el gran mudo de la pluma, como si tuviera amordazados los dedos. Me acerqué a él, acababa de entrar el Ayuntamiento de Monóvar, seguían acumulándose coronas, y creo que fue entonces cuando lo ví. Vi su ojo azul. El ojo derecho de Azorín quieto entre el párpado, como si nadie lo hubiera querido sellar, como si respetasen ese ojo sin tiempo.


Al cabo de unos momentos, dio comienzo la ceremonia. Bajaron aquel ojo azul hasta el portal, ante el gentío que aguardaba en la calle Zorrilla. Aquel ojo diminuto, apagado y cálido, casi velado por el párpado, emprendió lentamente el camino hacia el cementerio. Nadie lo advertía. Yo iba detrás, y atravesando Madrid en aquel cárdeno atardecer de marzo, no podía apartar mi pensamiento de aquel junio de 1873 en que esa pequeña pupila recibió por primera vez el sol. Cruzábamos Madrid todos juntos detrás de aquel marfil horizontal y tras aquel ojo abierto, y me venían a la memoria amaneceres que había leído, llegadas a la escuela, en Yecla, entrevistas con el padre Carlos o el padre Miranda, en el colegio, cuando José Martínez Ruiz era un ojo asombrado del mundo y en su retina se iba quedando extático y plasmado, su abuelo Azorín. Venían después asombros de la pupila por los hombres, por los nombres y por las cosas; por cosas tantas veces nimias: por una puerta, por unas nubes, por una alacena, por una ventana. La vida iba avanzando y aquel amoroso cuarto trastero de la retina iba guardando España poco a poco, en el trozo de un pueblo, en los movimientos de un viejo hidalgo, en la fragancia que transmitía un vaso en el dintel de una casa cerrada.

Caía toda la tarde sobre Madrid sentimental, como él lo llamaba. Aquel ojo pequeñito, que avanzaba seguido por un cortejo, se había consumido en vigilias, a la luz de una vela, ante Gracián, Lope, Tirso, Feijoo, Garcilaso y Fray Luis; se había quedado tan leve y tan pálido precisamente leyendo y releyendo a Cervantes y a Montaigne.
Cuando llegamos a la sacramental de San Isidro, ya todo Madrid quedaba atrás con su quehacer. Llevaban en andas la última cumbre del Noventa y Ocho y el ojo de la luz iba apagado, los cañones de rigor que lanzan esas paletas de arena sobre la madera del ataúd. Era el gran saludo de la piedra, de la hierba y de los residuos de las plantas. Tierra fundida en la pala que volvió a fundirse con la tierra.
Luego, al anochecer, volví a ver a Azorín transparente. Habían tapado sus manos con una sábana, tenía amordazados los dedos y era el gran mudo de la pluma. Pero su pequeño ojo azul - un cristal leve, casi velado por el párpado - seguía inexplicablemente abierto. Miraba, desde dentro, desde su fosa, las entrañas de España".
("El artículo literario y periodístico.-Paisajes y personajes".-Edit. Eiunsa, Pamplona, 2007, págs 134-135.)
(Fotos: Azorín; "Al margen de los clásicos".-Edición de Losada, 1942.)