Me pregunta mucha gente a través de Internet dónde pueden comprar esos pequeños cuadernos de tapas rojas y páginas diminutas a los que yo me refería el pasado día 20. Con mucho gusto les contesto. Hay un pasaje en París que da a la rue de Rivoli, muy cerca ya de la Plaza de la Concordia, que tiene en su puerta y como elegante reclamo una pluma de ave y un tintero de bronce. Empujando esa puertecita de la entrada y apartando una cortinilla granate pronto aparece allí un mostrador repleto de cuadernos antiguos de todos los colores. A la amable empleada que suele atendernos no hay más que pedirle, por ejemplo, el cuaderno de Proust, y ella nos entregará por unos pocos francos ese oscuro cuaderno con tapas de hule negro en el que Proust escribía por las noches. Si se sale a la calle, la luz del sol ilumina esas páginas aparentemente blancas, pero es necesario esperar un poco ya que la luz se posa en el papel y del papel emerge lentamente la escritura del Tiempo Perdido en forma de notas y de proyectos varios, es decir, de repente tenemos en la mano los apuntes reales que Proust hizo, sus anotaciones nocturnas y el arabesco de su caligrafía sin tener necesidad de acudir a consultarlos a la Biblioteca Nacional Francesa.
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domingo, 23 de septiembre de 2007
lunes, 3 de septiembre de 2007
( NOTAS A LECTURAS) (Umbral. 2)
Hoy Arcadi Espada en su columna de EL MUNDO habla de Anna Caballé a la que yo me referí en mi blog del 29 de agosto. El libro de la profesora sobre Umbral -"El frío de una vida"-"cuya sola mención - dice Espada-se ha eludido estos días como peste en el duelo por el escritor" abre, como dije, el panorama sereno de la crítica. ¿No es más alto y profundo en Lorca "Poeta en Nueva York" que otros "Romanceros" aplaudidos popularmente en un principio? ¿No hay obras teatrales de Valle-Inclán o novelas como "Tirano Banderas" que superan a algunas de sus "Sonatas"? ¿Qué ha quedado de la musical sonoridad de Gabriel Miró? ¿Qué lugar ocupan en Galdós los "Episodios Nacionales"? Es necesaria la distancia. Hacer crítica rigurosa y sosegada supone ir colocando-lo hacen los historiadores-las cajas de las obras en las estanterías de la gran Biblioteca. Además vienen luego las modas. ¿No nos trae el viento, por ejemplo, de nuevo a Stefan Zweig? Vientos y modas entran y salen por las ventanas de la Biblioteca del mundo cruzada de laberintos. "El tiempo lo cura todo", le dice un lector a otro mientras hojea en la penumbra un libro olvidado. Y el otro en silencio asiente mientras abre también otras páginas y, tras desempolvarlas, las vuelve a colocar cuidadosamente alineadas en su memoria.
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lunes, 27 de agosto de 2007
BISTURÍ
Hoy ha venido a verme la policía. Están registrando muchos blogs. Estuvieron en el de "Bibliografhos" y en "Lo mejor de los libros". También en el de "Librosfera". Se trata de encontrar al ladrón de mapas de la Biblioteca Nacional. Escondido como estoy en este rincón no me explico cómo han dado conmigo. Me enseñaron el bisturí con carcasa plástica que han usado para cortar los mapamundis. Les dije que, efectivamente, yo tengo uno igual para uso privado, pero que lo empleo sólo para recortar los bordes de las ideas ajenas, como ya dije en mi blog del 25 de agosto. Creo que esa pista les ha traído hasta aquí. El inspector de conexiones informáticas, un tipo alto y huesudo, con bigote, me pidió que le hiciera una demostración. Me acordé del tranvía de Praga al que se refiere Kafka por la noche y del tranvía de Lisboa que evoca Pessoa. "¿Ve usted?-le dije-, los dos han tenido la misma visión. Las ideas están el aire. La ideas no tienen dueño. Lo único que yo hago es apropiarme de ideas que flotan gracias a este bisturí". Como me insistió y torció el gesto muy desconfiado no tuve más remedio que hacerle la demostración. Tomé del aire la idea del surrealismo, esa idea leve y nacarada que hay en todas las habitaciones, y empinándome un poco fuí cortando las esquinas con el bisturí. Lo que quedó fue una hermosa pieza repujada del tamaño de una manzana que bien podía ser de Breton o también de Dalí. "Ya esta idea es suya, inspector", le dije entregándosela, "¿ve usted?, ya no es de nadie". Pero el inspector, quizá por su profesión tan específica, nunca había tenido en la mano el surrealismo y lo dejó caer.
Al reventarse el surrealismo en el suelo dejó un aroma por toda la habitación, un aroma que aún hay por toda la casa.
"Volveré", dijo ofendido el inspector, "me volverá usted a ver cuando menos lo piense".
Con el bisturí, inclinado y muy despacio, estoy recogiendo ahora los gramos diminutos de esta manzana que brillan ahora en la oscuridad.
sábado, 25 de agosto de 2007
ROBO EN LA BIBLIOTECA NACIONAL
ROBO EN LA BIBLIOTECA NACIONAL
Hoy 25 de agosto anuncian los periódicos el robo de dos mapas en la Biblioteca Nacional, en la Sala Cervantes donde yo he trabajado tanto. Yo no los he robado. He robado ideas que estaban entre los pupitres, fogonazos encontrados en Bibliografías, enlaces de imaginación, viajes a autores que me han entreabierto sus puertas. Me acuerdo que el pasado viernes, mientras robaban los mapas del siglo XV con una cuchilla afilada, robé con mucho cuidado y sin hacer ruido una idea de Malraux sobre los jóvenes que aparecía doblada en la página izquierda de un volumen. Era una idea sugerente, leída por muchos, pero me dí cuenta de que era de todos, estaba al alcance de cualquiera, bastaba poner los ojos entrecerrados como la cuchilla del mapa e ir cortando la idea sin hacer ruido. Luego la metí entre otras ideas fotocopiadas y la saqué, pasando entre los controles, hasta llegar a la calle. En el autobús la leí. Ya no era una idea de todos sino mía y la extendí ampliándola, viéndola en toda su dimensión. Hablaba de la rebeldía y del nihilismo de los años sesenta y, como todas las ideas robadas, al hacerla mía quedó por todos sus bordes una pigmentación amarilla, como si Malraux mismo hubiera puesto su pulgar al escribir. Siempre que robo ideas procuro al llegar a casa cambiarme de traje, disimular, pasar de un aire a otro, mentir, no decir de dónde vengo, ir haciendo esa idea mía como piel, como una segunda piel. Ya por la noche pensaba yo- lo había pensado siempre- cosas sobre el nihilismo y la rebeldía de los años sesenta que el mismo Malraux me había copiado.
Hacia las once vino a verme el ladrón de mapas. Los traía enrollados. Quería cambiarme mi idea por sus mapas. Me negué. Aún no me han detenido.
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