miércoles, 25 de junio de 2008

LUCES Y SOMBRAS DEL PERIODISMO (2)





Ayer citaba una pequeña reflexión de luz sobre el periodismo. Hoy toca una pequeña - o quizá grande - reflexión sobre la sombra que rodea al periodismo actual (al menos, al español). La última aportación de gran interés fue también la de ayer, de Juan Pedro Quiñonero, en su magnífico blog de referencia Una temporada en el infierno. Conviene leerla.


Pero volviendo - como ayer - al libro de Pilar Diezhandino, "La elite de los periodistas", copio algunas de las conclusiones que de él se extraen: "Los periodistas (españoles) como élite están instalados en la provisionalidad permanente. En la radio y, sobre todo, en la televisión la fama es muy efímera. La de la prensa es más estable, pero el periodista se debate siempre entre subir puestos en el escalafón, lo que supone alejarse del pálpito de la calle, o no conseguirlo y afrontar el fantasma de un cierto fracaso.


Hay motivos para ello. La élite de esta profesión en este momento es muy joven: justo por encima de los cuarenta años. Ha llegado, por las circunstancias especiales en que se ha desarrollado el periodismo en estos últimos tres lustros, a los puestos más altos en plena juventud, lo cual ha traído como efecto negativo un cierto síndrome de ascenso rápido y, dicho de otra forma, una suerte de frustración si superada la cuarentena no se han alcanzado otras cotas de responsabilidad que las simplemente informativas."


En la mención a las nuevas generaciones -sigue Diezhandino -" se manifiesta una cierta dosis de escepticismo: a la idea general de que los jóvenes profesionales están bien formados, se une la impresión mayoritaria de que la suya ha sido una enseñanza carente de un principio primordial: el del rigor y la exigencia personal. Sorprende y alarma la impresión de que en la enseñanza de los futuros profesionales no se ha puesto el suficiente hincapié en la necesidad de la integridad personal y profesional. Una ausencia que da lugar a que en muchos jóvenes periodistas prevalezca, sobre cualquier otra meta profesional, una ambición sin límites. El todo vale. La impresión de que las jóvenes generaciones mimetizan enseguida lo más reprochable: esa cierta tendencia de la profesión a la prepotencia. En palabras de un también joven director de revista: "Es terrible que alguien con seis años de profesión diga o crea que ya lo sabe todo".
Abundando en las nuevas generaciones, una preocupación compartida es el fenómeno de la saturación de periodistas, lo que irremediablemente ha llevado a una precariedad laboral sin precedentes. Del miedo al desempleo ha nacido el espíritu de meritoriaje permanente que, a su vez, ha ido socavando la necesaria actitud agresiva, en el mejor sentido de la expresión, crítica, que le debe ser propia a la profesión. La precariedad laboral propicia empleados sumisos y obedientes.

Buena parte de la élite acepta la acusación de falta de rigor en el producto informativo, "camuflada con la apariencia y el tono de certeza apabullante". Hacen suya la crítica de que el periodismo hoy adolece de no verificar la información, no comprobarla, de limitarse a contrastar opiniones, el blanco y el negro, el pro y el contra, de eludir el esfuerzo de acudir a canales subterráneos, a tres o cuatro fuentes.

Un asunto, en esa misma línea de denuncia de los males de la profesión, que está casi siempre presente en las reflexiones de los profesionales, es cómo responder al hecho de que los medios tengan cada vez una tendencia mayor a ser simples cajas de resonancia de declaraciones, precisiones y análisis eleborados por instituciones y centros de opinión externos, sin ser siquiera comprobados en profundidad por los redactores ni publicados con la debida contextualización. Cada vez más, los contenidos llegan desde el exterior y la función de los periodistas se circunscribe a meterlos en los medios para ayudarlos a entrar en la opinión pública."

En otro párrafo Diezhandino añade: "Entre las cualidades más comúnmente apreciadas de un periodista están: la capacidad de trabajo, talento, discrección y humildad. Otras cuatro definen el grado óptimo del profesional: templanza, integridad profesional, rigor y autocontrol (controlarse mejor que controlar)".

Todas estas opiniones - que me parecen reveladoras - las recojo en mi libro "París, mayo 1968" (páginas 279-282).

No suelo hablar de política en Mi Siglo. Pero hoy dejaré aquí la reflexión de que, en las últimas elecciones españolas, prácticamente ningún periodista (alguna excepción hay) - y menos en los debates televisados - ha destacado por su posición crítica respecto a ningún político, fuera él del poder o de la oposición. Todo ha quedado en un asentimiento cauteloso, embozado por alguna "falsa" pregunta en apariencia "inconveniente", para salvar las apariencias. El resto ha sido mover la cabeza y la pluma en un agradecimiento silencioso a quien, desde la política, tenía a bien contestarle.



martes, 24 de junio de 2008

LUCES Y SOMBRAS DEL PERIODISMO


En un libro de gran interés de la profesora Pilar Diezhandino, "La élite de los periodistas", ( Bilbao, Universidad del País Vasco, 1994), se citan unas palabras de Max Weber sobre esta profesión exaltada y denostada tantas veces y que aquí aporto como pequeña reflexión de luz sobre un oficio y una vocación de nuestro tiempo:


"No todo el mundo se da cuenta - dice Weber - de que, aunque producida en circunstancias muy distintas, una obra periodística realmente "buena" exige al menos tanto espíritu como cualquier otra obra intelectual, sobre todo si se piensa que hay que realizarla aprisa, por encargo y para que surta efectos inmediatos. Como lo que se recuerda es naturalmente la obra periodística irresponsable, a causa de sus funestas consecuencias, pocas gentes saben apreciar que la responsabilidad del periodista es mucho mayor que la del sabio y que, por término medio, el sentido de la responsabilidad del periodista honrado en nada le cede al de cualquier otro intelectual. Nadie quiere creer que, por lo general, la discrección del buen periodista es mucho mayor que la de las demás personas, y sin embargo así es. Las tentaciones incomparablemente más fuertes que rodean esta profesión, junto con todas las demás condiciones en que se desarrolla la actividad del periodismo moderno, originaron consecuencias que han acostumbrado al público a considerar la prensa con un mezcla de desprecio y de lamentable cobardía".


" Son precisamente los periodistas triunfantes - prosigue Weber - los que se ven situados ante retos especialmente difíciles. No es ninguna bagatela eso de moverse en los salones de los grandes de este mundo, en pie de igualdad con ellos y, frecuentemente incluso, rodeado de halagos, originados en el temor, sabiendo al mismo tiempo que apenas haya uno salido, tal vez el anfitrión tenga que excusarse ante sus demás invitados por tratar a los "pillos de la prensa". Como tampoco es ciertamente ninguna bagatela la obligación de tenerse que pronunciar rápida y convincentemente sobre todos y cada uno de los asuntos que el "mercado" reclama, sobre todos los problemas imaginables, eludiendo caer no sólo en la superficialidad absoluta, sino también en la indignidad del exhibicionismo con todas sus amargas consecuencias. Lo asombroso no es que haya muchos periodistas humanamente descarriados o despreciables, sino que, pese a todo, se encuentre entre ellos un número mucho mayor de lo que la gente cree de hombres valiosos y realmente auténticos".


Son éstas, como digo, las pequeñas reflexiones de luz que Weber plantea, que recoge Diezhandino y que yo incluyo en mi libro "París, mayo 1968" (páginas 278-282) porque me parecen clarificadoras hacia una profesión unas veces sobrevalorada y otras devaluada.


Otro tema será las pequeñas reflexiones sobre la sombra - y no la luz - que rodea y amenaza al periodismo actual (al menos, al español ) y de las que hablaremos otro día.



domingo, 22 de junio de 2008

LECTURA EN VOZ BAJA






Se anuncia en la Red una gran lectura internacional de "A la búsqueda del tiempo perdido" del próximo 27 de septiembre al 12 de octubre a la que están invitados a participar 3.500 internautas. Cada uno escogerá aquellas páginas o párrafos de Proust que quiera leer, y yo he abierto en silencio aquellas páginas sobre la lectura que escribió el gran autor francés y me he ido por los jardines de Combray y de Illiers, por los caminos de los manuscritos que se guardan en la Biblioteca Nacional Francesa, por los caminos de la gran sensibilidad que leí tantas veces, y me he sentado a hojear de nuevo las "Jornadas de lectura", aquellas que él redactó como prefacio a la obra de Ruskin, "Sésame et les Lys", en 1905.


Nadie me ha molestado. En tiempos en que bullen y hierven televisiones, en que las imágenes pasan meteóricas, en tiempos de gritos, de levedad y de frivolidad, el paso de las páginas andando conmigo por los jardines no me llevan de ningún modo hacia el pasado sino hacia el futuro, futuro indudablemente minoritario, futuro de silencio y soledad voluntariamente elegidos, acto propio de libertad cada vez que uno decide tomar un libro y alejarse, abandonar por un momento el resplandor de las pantallas y sumergirse en una lectura en voz muy baja, tan baja que ni siquiera mi propia voz la oye, sosegada lectura que lee la mente, los ojos le van leyendo a mi mente y mi mente va respondiendo en silencio.


"Quién no recuerda como yo - escribe Proust - aquellas lecturas hechas en tiempo de vacaciones, aquellas lecturas que íbamos a esconder sucesivamente en todas las horas del día que eran lo bastante tranquilas y lo bastante inviolables para poder darles asilo. Por la mañana, al volver del parque, cuando todo el mundo había salido a dar un paseo, yo me escondía en el comedor, donde, hasta la hora del almuerzo, no entraría nadie más que la vieja Felicia, relativamente silenciosa, y donde no tendría otros compañeros, muy respetuosos de la lectura, que los platos pintados colgados en la pared, el calendario del que acababan de arrancar la hoja de la víspera, el reloj de pared y la lumbre, compañeros que hablan sin pedir que se les conteste y cuyas palabras, en voz baja y hueras de sentido, no vienen, como las de los hombres, a sustituir por otro diferente el de las que estamos leyendo."


Y evocando horas después, Proust prosigue: "Yo dejaba a los otros acabar de merendar en la parte baja del parque, junto a los cisnes, y subía corriendo por el laberinto hasta cierta enramada, donde me sentaba, donde no podían encontrarme, apoyado en los avellanos tallados, mirando el plantío de espárragos, las cenefas de fresales, el estanque a donde, algunos días, los caballos elevaban el agua dando vueltas, la puerta blanca que era el "fin del parque" por la parte de ariba, y más allá los campos de acianos y de amapolas. (...) Y a veces - continúa Proust - en casa, en mi cama,


mucho tiempo antes de la comida, las últimas horas del atardecer albergaban también mi lectura, pero esto sólo ocurría los días en que había llegado a los últimos capítulos de un libro, cuando no quedaba mucho que leer para llegar al final (...) Leía la última página, terminado el libro, había que parar la loca carrera de los ojos y de la voz que seguía sin ruido, deteniéndose sólo para tomar aliento, con un suspiro profundo. Entonces, para dar a los tumultos que llevaban demasiado tiempo desencadenados en mí para poder calmarse de pronto, otros movimientos que dirigir, me levantaba, me ponía a andar a lo largo de la cama, con los ojos todavía fijos en algún punto que en vano se hubieran buscado en la habitación o fuera de ella (...). Entonces, ¿qué?; ¿ese libro no era más que esto? Esos seres en los que hemos puesto más atención y más cariño que en las personas de la vida, sin atrevernos siempre a confesar hasta qué punto las amábamos, y hasta cuando nuestros padres nos encontraban leyendo y parecían sonreir por nuestra emoción, cerrando el libro, con una indiferencia afectada o un aburrimiento fingido; esas personas por las que hemos jadeado y sollozado no las veremos nunca más, nunca sabremos más de ellas". (Marcel Proust, "Jornadas de lectura" en "Los placeres y los días. Parodias y miscelánea".-(Alianza).
Es indudable que hay páginas de Proust más memorables que éstas, pero leer sobre la lectura - dedicar tiempo al reposo de la lectura, sumergirse en el océano de la lectura cuando tantos huyen de ella - es nadar contracorriente de una época para salir luego - los ojos salpicados de gozo por haber leído cuidadosamente - y mirar de otra forma la vida.

(Fotos: el "Pré Catelan", jardín de Illiers/alrededores de Illiers)


viernes, 20 de junio de 2008

CARTAS A CHEJOV



A veces la vida supera al arte y cuando vemos a Olga Knipper, la viuda de Chejov, escribir a su marido casi cincuenta días después del fallecimiento del gran autor ruso, pensamos que eso es precisamente un cuento de Chejov, esa mujer desolada escribiendo al infinito como si la ausencia estuviera muy presente.

"Por fin puedo escribirte, mi querido, mi lejano y al mismo tiempo mi cercano Antón. Hoy llegué a Moscú y fui a ver tu tumba...¡ Si supieras qué bien se está allí! Después del árido sur, aquí todo parece tan jugoso, aromático, hay olor a tierra, todo está verde, los árboles murmuran suavemente ¡Es incomprensible que tú no estés entre los vivientes! Tengo que contarte muchas cosas, debo relatarte todo lo que yo sufrí últimamente durante tu enfermedad y después del instante en que cesó de latir tu corazón, tu dolorido y sufrido corazón. Me parece extraño escribirte y sin embargo tengo un fuerte deseo de hacerlo. Pues cuando te escribo, me parece que tú vives y en algún lugar estás esperando mi carta. Querido mío, deja que yo te diga palabras cariñosas y tiernas. En Yalta sentí tu presencia en todas partes, en el aire, entre los árboles, en el soplo del viento. Durante los paseos me parecía que tu liviana y transparente figura, con bastoncito, se me acercaba y se alejaba de mí, caminaba sin tocar la tierra..."

Es la primera de las cartas de Olga al Chejov ya desaparecido, y a ella seguirán muchas más porque el cuento de la realidad imaginada debe continuar en ese matrimonio entre la actriz y ese escritor a quien nadie vio escribir, aunque se sabía que lo hacía desde la mañana hasta el mediodía, ese escritor al que se le podía ver sentado en un banco, junto a unas blancas paredes en las que se alineaban macetas de adelfas. Sí, allí estaba Chejov durante más de una hora mirando el mar.

Ahora se acaban de reeditar las cartas -"Correspondencia Chejov-Olga Knipper (1899-1904)" (Páginas de Espuma) -, pero no están todas. Faltan todas las que Olga escribió a su marido durante los 56 años que le sobrevivió. No se publican porque aún no se encuentran. Alguien en nombre de Olga las está escribiendo. Se ha hablado de que es un cuento largo en el que la actriz le habla de la aventura del teatro, de cómo ella representa una vez más, en diciembre de 1908, "El jardín de los cerezos", de lo que le parece América en 1922: ("Oh - le dice- el ruido aquí es tremendo; todo vuela, galopa, alcanza y sobrepasa"), de su encuentro en Nueva York con Rachmaninov.

Cuando estas cartas se publiquen se descubrirá que en la última - fechada en febrero de 1959, un mes antes de morir Olga - ella quiso copiar las palabras de Sonia al acabar "Tío Vania" para que Chejov las volviera a recordar:

"Y bien, ¿qué podemos hacer? ¡Debemos seguir viviendo! Seguiremos viviendo, tío Vania. Viviremos a través de una larga, larga sucesión de días y tediosas noches. Soportaremos pacientemente las tribulaciones que nos imponga el destino; trabajaremos para los demás, ahora y en nuestra vejez, y jamás descansaremos. Cuando llegue el momento moriremos sin protestar, y una vez allí, en el otro mundo, diremos que hemos sufrido, que hemos vertido lágrimas, que hemos tenido una amarga vida, y Dios se compadecerá de nosotros. Y entonces, tío querido, ambos comenzaremos a conocer una vida brillante, hermosa y adorable. Nos regocijaremos y recordaremos nuestros problemas con ternura, con una sonrisa, y podremos descansar. Creo en ello, tío, lo creo con fervor, con pasión...¡Podremos descansar!".

martes, 17 de junio de 2008

MIRÓ Y LA TIERRA LABRADA






-Me levanto todos los días a las ocho - le dice Joan Miró a Georges Raillard paseando por el estudio -, me baño y bajo aquí, al taller Sert, donde trabajo hasta la hora del desayuno. Luego continúo hasta las dos. Como, descanso veinte minutos e inmediatamente vuelvo aquí, al trabajo. Por la tarde reviso lo que he hecho por la mañana y preparo el trabajo del día siguiente. Pero la hora en que más trabajo es muy temprano, a eso de las cuatro de la mañana. Trabajo sin trabajar. En la cama. Entre las cuatro y las siete me entrego completamente a mi tarea. Después vuelvo a dormirme, entre las siete y las ocho. Casi siempre es así.



Trabajo absolutamente solo. Sobre todo, que no haya nadie. Nunca. Nadie entra en el taller cuando estoy trabajando. Mientras trabajo no miro el paisaje, que es magnífico. Hay pocas ventanas y corro las cortinas. Nada, nada. Lo que me excita es eso: esa manchita blanca en el suelo. Hay quien se hace leer poemas mientras trabaja, textos, no sé qué. En mi caso está absolutamente descartado. Es esa mancha blanca lo que constituye para mí un estímulo excitante, aquella roja, esta negra.(...) Un día me preguntaron si tenía ayudante para limpiar los pinceles. Desde luego que no. No puedo. Por otra parte, ahora trabajo muchas veces con los dedos. Hundo los dedos en la pintura, en las tintas litográficas. Así, así es como pinto. (...) Por ejemplo, la huella de mi mano. Para hacer las huellas de la mano empiezo por poner negro sobre la tela, y después meto la mano dentro, así; pero la mancha negra que me ha servido de apoyo se va a convertir en otra cosa. Por eso le dije que es el punto de partida lo que me gusta. Por ejemplo, he puesto allí esa mano, pero es preciso que quede allí. De pronto, es necesario que no esté.




Pienso en todo esto mientras visito la exposición "Miró: Tierra" en el Museo Thyssen de Madrid. El pintor de las estrellas no está aquí. Está la tierra labrada como un hortelano, la tierra alejada de los campos siderales, especialmente la tierra de Mont-Roig, entre 1918 y 1923. "Sí - le diría un día a Yvon Taillandier -, trabajo como un hortelano o como un vendimiador. Las cosas llegan lentamente. Mi vocabulario de formas, por ejemplo, no lo descubrí de pronto. Se formó casi a mi pesar. Las cosas siguen su curso natural. Crecen, maduran. Hay que injertar. Hay que regar, como con la ensalada. La cosa madura en mi espíritu. De modo que trabajo siempre en muchas cosas a la vez. E incluso en campos distintos: pintura, grabado, litografía, escultura, cerámica.(...) Para mí, un objeto es algo vivo: este cigarrillo, esta caja de cerillas contienen una vida secreta, mucho más intensa que algunos humanos. Cuando veo un árbol recio recibo una impresión, como si fuera algo que respirase, que hablara. Un árbol es también algo humano.(...) Trabajo en un estado de pasión y arrebato. Cuando comienzo una tela, obedezco a un impulso físico, la necesidad de lanzarme; es como una descarga física. Naturalmente, una tela no puede satisfacerme enseguida. Y al principio siento ese malestar que le he descrito. Pero como soy muy peleón en esas cosas, entablo el combate. Es un combate entre yo y lo que hago, entre yo y la tela, entre yo y mi malestar. Este combate me excita y me apasiona. Trabajo hasta que cesa el malestar."


Es la tierra labrada del artista que aquí mira especialmente a la tierra de Mont-Roig, en Cataluña. "Aquel paisaje - ha confesado Miró en alguna ocasión - me produjo enorme impacto. Mi padre, que era muy estricto, me consintió al fin que me dedicara a la pintura. Por las tardes, de tres a cinco, iba a la escuela Galí, y de siete a nueve, al Círculo Sant Lluc. De cinco a siete, tomaba apuntes a lápiz por calles y cafés. Galí me enseñaba a pintar. Tomaba un mechero, y con los ojos cerrados, realizaba el proceso de palparlo para tratar de reproducirlo luego en el papel sin tenerlo delante. Claro que también la pintura románica del Parque de la Ciudadela era mi obsesión. Todavía hoy voy a Montjuich. Me apasiona, pero tambien es cierto que no veía del todo el color. Recuerdo que, pintando patatas, apuntes que todavía conservo, fue como aprendí a crear rayos de color que iban venciendo la enorme dificultad del ejercicio".
(Fotos: "Tierra labrada" (1923-1924), Museo Guggenheim de Nueva York, estos días en el Thyssen de Madrid- eshock.com/ taller de Miró/ Joan Miró.)

lunes, 16 de junio de 2008

EL ALMA RUSA


A veces veo el gran mapa de Rusia, me adentro con la mirada en sus extensiones de historia y recuerdo de nuevo su alma, aquella que cuentan los grandes testigos - no sólo los novelistas, no sólo los directores cinematográficos -, como así ocurre con la descripción que relata Vera Kharuzina, la primera mujer que se convirtió en profesora de etnografía en Rusia, aquella que describió al detalle cómo un icono era recibido un lunes de Pascua en la casa de un rico comerciante de Moscú durante la década de 1870:

"Había tantas personas que querían recibir en casa el icono de la Virgen Celestial y del Mártir - cuenta Kharuzina - que siempre se hacía una lista y se establecía un orden para organizar el recorrido de la procesión por la ciudad. Mi padre siempre iba a trabajar temprano, así que preferí recibir el icono y las reliquias a la mañana temprano o tarde en la noche. El icono y las reliquias llegaban por separado y casi nunca coincidían. Pero sus visitas nos dejaban una impresión profunda. Los adultos de la casa no se iban a dormir en toda la noche. Mi madre se acostaba un rato en el sofá. Mi padre y mi tía no comían desde la noche anterior para poder beber el agua bendita con el estómago vacío. A nosotros, los niños, nos mandaban temprano a la cama, y nos levantábamos mucho antes de la llegada. Se apartaban las plantas que estaban en una esquina de la sala principal y en su lugar se colocaba un diván de madera, donde podía ubicarse el icono. Luego se ponía una mesa frente al diván con un mantel blanco como la nieve. Se le añadía un cuenco de agua para que la bendijeran, una bandeja con un vaso vacío, para que el sacerdote vertiera en él el agua bendita, velas e incienso. Toda la casa quedaba cargada de expectativa. Mi padre y mi tía iban de una ventana a la otra, esperando la llegada del carruaje, que era muy sólido y aparatoso. La ama de llaves esperaba en el vestíbulo, rodeada de sirvientes, que estaban preparados para cumplir sus órdenes. El portero vigilaba por si llegaban los invitados y sabíamos que correría a la puerta apenas viera el carruaje en la entrada y daría un golpe fuerte para advertirnos de su llegada. Luego oíamos el estruendo de seis fuertes caballos que se acercaban al portal. Un joven, en el papel de postillón, se sentaba en la parte delantera y un hombre corpulento en la parte trasera.

A pesar de las fuertes heladas propias de esa época del año, ambos viajaban con la cabeza descubierta. Un grupo de personas dirigidas por nuestra ama de llaves cogía el pesado icono y subían con él los escalones de la entrada con mucha dificultad. Toda la familia recibía el icono en el umbral, postrándose ante él. Una corriente de aire helado entraba por las puertas abiertas y nos resultaba vigorizante. Comenzaban las oraciones, y los sirvientes, a veces acompañados de sus parientes, se apiñaban frente a la puerta. Mi tía cogía de las manos del sacerdote el vaso de agua bendita que estaba junto a la bandeja. Daba un sorbo del vaso a todos, que también mojaban los dedos en el agua y se tocaban la frente con ellos. El ama de llaves seguía al sacerdote por toda la sala, con el aspersorio y el cuenco de agua bendita. Mientras tanto, todos se acercaban a tocar el icono; primero nuestro padre y nuestra madre, luego nuestra tía, y a continuación nosotros, los niños. Después de nosotros venían los sirvientes y quienes los acompañaban. Cogíamos algodón sagrado de unas bolsas adosadas al icono y nos limpiábamos los ojos con él. Después de las oraciones, se llevaba al icono a las otras salas y al patio. Algunos se arrodillaban cuando lo veían. Los que cargaban el icono pasaban por encima de ellos. Lo llevaban directo hacia la calle donde había personas que esperaban para tocarlo. Aquel momento de una breve plegaria común nos unía con esas personas, a las que no conocíamos y a las que probablemente jamás volveríamos a ver. Todos se ponían de pie y hacían la señal de la cruz y una reverencia cuando volvían a guardar el icono en el carruaje. Nos quedábamos en la puerta con abrigos de piel sobre los hombros; luego regresábamos corriendo a casa para no resfriarnos. Había quedado un ánimo festivo en la casa. En la sala todos estaban listos para el té, y la tía se sentaba junto al samovar con una expresión de alegría". (Orlando Figes: "El baile de Natacha". Una historia cultural rusa.-Edhasa, 2006.)
(Fotos: Icono de la Madre de Dios de Kazan; icono de la Madre de Dios, de Vladimir.-chile.mid.ru).

domingo, 15 de junio de 2008

CÉZANNE Y HOKUSAI


- Por mucho tiempo carecí del poder y del saber para pintar la Sainte-Victoire - le dice Cézanne a Joachim Gasquet mientras pasean despacio por el campo -, porque imaginaba la sombra cóncava, como los otros, que no miran, mientras que, fíjese, es convexa, verdad, huye de su centro. En lugar de adentrarse, se evapora, se fluidifica. Participa, toda azulada, en la vibración ambiente del aire. Como allí, a la derecha, en el Pilon du Roi, ve usted, al contrario, que la claridad se mece, húmeda, espejeante. Es el mar... Eso es lo que hay que expresar. Eso es lo que hay que saber. Ése es el baño de ciencia, podríamos decir, en el que hay que sumergir la placa sensible propia. Para pintar bien un paisaje, debo descubir en primer lugar las capas geológicas. Piense que la historia del mundo data del día en que dos átomos se encontraron, en que dos torbellinos, dos danzas químicas, se combinaron. Veo subir esos grandes arcos iris, esos prismas cósmicos, ese alba de nosotros mismos por encima de la nada, me saturo con ellos leyendo a Lucrecio. Bajo esa fina lluvia respiro la virginidad del mundo. Un agudo sentido de los matices me excita. Me siento coloreado por todos los matices del infinito. En ese momento mi cuadro y yo ya sólo somos uno. Somos un caos irisado. Vengo ante mi motivo y me pierdo en él. Sueño, vagabundeo. El sol me penetra, sordo, como un amigo lejano, que reanima mi pereza, la fecunda. Germinamos. Cuando vuelve a caer la noche, me parece que no pintaré y que nunca he pintado.



Estamos andando por este camino que va desde 1890 a 1905, camino de calidad cromática y descomposición de la perspectiva espacial, camino en el cual el motivo de la montaña se repite, Cézanne no puede abandonar ese motivo, es superior a él, el imán de la montaña le atrae y la pintará numerosas veces, algo tiene el vientre de esa montaña que impulsa al pintor a volverla a pintar incesantemente, a dar tonos más cálidos que parecen acercar el panorama mientras las entonaciones frías de los primeros planos parecen retroceder hacia el fondo.



- Necesito conocer la geología -le sigue diciendo Cézanne a su amigo Gasquet -, cómo se enraíza Sainte-Victorie, el color geológico de las tierras, todo eso me emociona, me vuelve mejor. Cuando no se pinta sin vigor, sino de forma tranquila y continua, no puede dejar de brindar un estado de clarividencia, muy útil para orientarnos con firmeza en la vida. Todo se sostiene. Entiéndame bien: si mi tela está saturada de esa vaga religiosidad cósmica que me emociona, que me vuelve mejor, irá a tocar a los demás en un punto tal vez que ignoren de su sensibilidad. Necesito conocer la geometría, los planos, todo lo que mantiene mi razón recta. ¿Es cóncava la sombra?, me he preguntado. ¿Qué es ese cono allá arriba? Fíjese. ¿Luz? He visto que la sombra sobre Sainte- Victoire es convexa, está inflada. Usted lo ve igual que yo. Es increíble. Es así...(Joachim Gasquet: "Cézanne: lo que vi y lo que me dijo".-Gadir.)


Caminamos ahora más de cincuenta años antes, de 1823 a 1834 por los senderos de Japón. El vientre y las laderas del monte Fuji fascinan a Hokusai de tal forma que entre 1823 y 1829 pintará las "Treinta y seis vistas del Fuji" y en 1834 aparecen las "Cien vistas del Fuji". El agua, el viento, la lluvia, las cascadas, los puentes, la nieve, las primeras flores de los cerezos, el invierno y el repliegue de la naturaleza, la levedad de los árboles, la contemplación de un mundo flotante serán el imán que atraiga el pincel de Hokusai hasta hacer que el Fuji sea el motivo obsesivo, aunque el japonés no lo llame así.

Secretos que no se sabrán nunca, repeticiones permanentes en pinturas de Oriente y Occidente. Las dos montañas estaban ahí antes de que naciesen los dos pintores. Miraba cada una de las montañas a un pintor, dejándose mirar por él y haciendo que el pintor la mirase tan obsesivamente que se pusiera enseguida a pintarla como si hubiera que fijarla para siempre.

(Fotos: Cézanne: montaña de Sainte-Victoire; Hokusai: vista del monte Fuji.)